15 de noviembre de 2012
Por: Juan Pablo Fuentealba
 Revisando Facebook, me encontré con un compañero de generación que era uno de los que me gritaba “fleto” en el colegio. Cada vez que encontraba la ocasión, se reía de mí. Incluso en una oportunidad habló con un amigo mío y le dijo que tenía que dejar de juntarse conmigo porque el resto del colegio pensaba que él también era maricón por eso. Teníamos 13 años.
Las fotos en su perfil lo muestran más pelado y guatón, con su señora y sus hijos. Al mirarlas, por más que traté de demonizarlo, no pude. Ahí estaba, en la pantalla, uno de los principales agresores de mi juventud: el que me quitó un amigo, el que me avergonzó en el patio del colegio y el que por muchos años me hizo sentir vergüenza de mostrarme tal y como soy. Pese a todo, al mirar hoy sus fotos, no podía odiarlo: no era su culpa.
Me puse a pensar entonces a quién culpábamos y me di cuenta que no hay culpa, pero si responsabilidad y es de todos nosotros. De todos los que le quitamos la muñeca al niño de dos años para cambiárselo por un autito, como si algo malo le fuera a pasar. De todos los que hacemos publicidad de guagüitas rosadas que hacen pipí para las niñitas, y camiones monstruosos y metralletas de balines plásticos para los niñitos. De aquellos que dicen que los niños no lloran. De esos que exigen falda tableada para la niña y pantalón gris para el muchacho. De todos quienes armamos una estructura de “lo que debe ser”.
Hoy entiendo que, en el fondo, mi compañero de colegio se sentía amenazado por mí. De alguna forma, me tenía miedo. Sentía que estaba mal que yo no hiciera lo que todos nosotros le estábamos enseñando: ser lo que un hombre “debe ser”. Mi pobre compañero le tenía terror a este ser que escapaba completamente a la estructura que su papá le había inculcado.
Mi compañero vivía, e ignoro si aun vivirá, en la más completa ignorancia de que no todos teníamos que alcanzar el epítome del macho alfa. Incluso creo que ese niño se desquitaba conmigo por su angustia de no poder expresar más emociones que la rabia, la ira y quizás a veces la alegría o la euforia. Él sabía que la ternura, la tristeza y el amor eran exclusivos para las chicas.
Siento lástima por mi compañero. Me gustaría que le hubiésemos enseñado que un hombre heterosexual también puede llorar, que puede sentir pena y que puede acariciar a alguien, si es lo que le nace. Me gustaría que a mi compañero le hubiésemos permitido jugar con muñecas si quería o ponerse un pantalón morado, si era lo que le gustaba.
Espero que mi compañero lea esto y ojalá se lo leyera a sus hijos que sonríen en la foto de Facebook. Para que nada se repita. Para que no hayan más golpes, insultos o risas de burla y para que nadie vuelva a sentir la angustia de seguir viviendo una vida que no es la propia sino la que le dijeron que tenía que ser.

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Opinión

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