Debemos conocer más del estado de los adolescentes chilenos, en toda su diversidad. Saber cómo están en su familia, escuela, comunidad y consigo mismos. Cómo está su calidad de vida, qué factores se constituyen en protectores y cuáles se constituyen en riesgos para su salud mental.

Recientemente fuimos testigos del lanzamiento, por parte de Minsal y la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, del “Estudio de la situación de salud del adolescente en Chile”. Los datos encendieron la alarma sobre la salud mental de nuestros adolescentes y, particularmente, respecto del altísimo riesgo suicida.
Según Minsal hoy sabemos que “el 24 % de los adolescentes tiene alteraciones en su estado de ánimo. De ellos 1.2% presenta ideas suicidas, a pesar de su corta edad”. Además, sabemos que las lesiones auto infligidas compiten, durante la última década, por ser la primera causa de muerte en los adolescentes chilenos entre los 10 y 19 años y que estas cifras son las más altas de Latinoamérica.

Estos números nos llevan a la pregunta ¿Qué pasa con los adolescentes -incluso en aquellos tan jóvenes- que llegan a presentar este tipo de problemas o alteraciones?

Dentro del debate provocado por estas cifras hemos visto cómo una serie de especialistas yerran al señalar que detrás de cada suicidio se espera que existe una enfermedad, un estado psicopatológico en que se entiende el suicidio como un síntoma más de este trastorno. Sin embargo, las investigaciones muestran que en la mayoría de los casos de adolescentes donde hay riesgo de suicidio (ideación, planificación o intento), éste se asocia a una expresión de un profundo estado de crisis, del cual el adolescente estima no saldrá nunca y en donde se siente incomprendido. Los adolescente suicidas están invariable y profundamente convencidos de que nadie los puede ni podrá entender.

En edades tan tempranas el contexto es un factor determinante para la persona y su vida, quizás mucho más que en la edad adulta. Por lo anterior, la pregunta termina siendo si los ambientes y contextos en que los adolescentes viven están siendo validantes, si los ambientes están siendo contextos de apoyo y, por tanto, un factor protector. Quizás socialmente no estamos siendo capaces de darle esperanza a nuestros adolescentes.

Considerando lo anterior, nos preguntamos por los adolescentes lesbianas, gays, bisexuales y trans (LGBT), puesto que sabemos que el 47% de los adolescentes LGBT de EEUU no está cómodo en su comunidad y un 46% señala que dentro de su familia es donde escucha comentarios negativos hacia la diversidad sexual. Su contexto es aún más invalidante, y menos protector.

Sobre el contexto, Minsal señala que “los adolescentes que presentan ideas suicidas tienen más altos porcentajes de presencia de violencia escolar e intrafamiliar”. El 47% de los adolescentes con ideas suicidas señala la presencia de violencia escolar. Este estudio confirma aquella sospecha que tenemos al mirar los resultados de estudios internacionales, señalando que el bullying y la violencia escolar está asociada al riesgo suicida. Existe una serie de estudios internacionales que han mostrado una asociación entre bullying y riesgo suicida.

Hoy Minsal comienza a advertir que las variables están apareciendo juntas y debemos conocer la manera en que la relación se da entre suicidio y violencia escolar. Nuevamente volvemos a pensar en los adolescentes LGBT, pues no podemos olvidar que los adolescentes LGBT presentan el doble de riesgo de sufrir violencia escolar, constituyéndose en un grupo crítico a la hora de desarrollar estrategias de apoyo, evaluación e intervención.

Considerando que existe un mayor riesgo suicida en los adolescentes LGBT, al mismo tiempo que existe un mayor riesgo de sufrir violencia escolar, parte importante de las estrategias de estudio e intervención, debe considerar a este grupo particularmente vulnerable. Sería interesante poder introducir o conocer el comportamiento de las variables medidas, con la incorporación de la orientación sexual o identidad de género al análisis y conocer la realidad de este grupo de adolescentes y su salud en Chile.

Sería útil saber si existe la consideración de estos factores más allá de la ficha CLAP (unidad de análisis del estudio). Esta ficha sólo pregunta por conducta o comportamiento sexual (si ha tenido relaciones sexuales) y permite las opciones de homosexual, bisexual y heterosexual; pero no permite detectar la diversidad sexual antes del inicio de la actividad sexual y menos la identidad de género. Asimismo, la ficha sí pregunta por cuán aceptados se sienten los adolescentes por su entorno y, por tanto, tendríamos una buena fuente de información con la introducción de nuevas variables, pertinentes a este vulnerable grupo.

Consultado por las medidas que está tomando el Ministerio para reducir estas cifras, el Ministro de Salud, Jorge Mañalich, contestó: ”tu pregunta es demoledora sobre qué estamos haciendo, porque estamos haciendo casi nada”. Esta respuesta invariablemente preocupa. Debemos como país desarrollar estrategias preventivas en todos los niveles, preocupándonos de ser eficientes en el uso de recursos y eficaces en el logro de resultados.

Existe la necesidad de levantar información. Realizar mediciones e identificar aquellos grupos más vulnerables dentro de esta población que está presentando este grave problema de salud pública. Debemos conocer más del estado de los adolescentes chilenos, en toda su diversidad. Saber cómo están en su familia, escuela, comunidad y consigo mismos. Cómo está su calidad de vida, qué factores se constituyen en protectores y cuáles se constituyen en riesgos para su salud mental. Difícilmente podremos reducir estas cifras sin conocer nuestro foco de trabajo.

Lo segundo, se debe promover una mayor y mejor calidad en la formación de especialistas. Contar con equipos entrenados en detección de riesgo, habilidades para una correcta derivación y sensibilidad hacia la diversidad que muestran los adolescentes (particularmente los LGBT), nos da la tranquilidad de saber que un adolescente que acuda a buscar ayuda, será bien tratado. Dentro de esta estrategia se ha demostrado que un grupo crítico son los denominados “guardianes”, que son actores de la comunidad en contacto con los adolescentes a través de quienes se pueden desarrollar efectivas estrategias de intervención (por ejemplo: guías scout, bomberos, inspectores de colegio, etc.) y que necesitan de formación.

Finalmente, es necesario establecer medidas y estrategias que no apunten sólo a esperar a que los adolescentes asistan a nuestras consultas, hospitales o consultorios a buscar ayuda. Hay que desarrollar herramientas cercanas a la realidad de ellos y ellas, con su uso de tecnología, y sin olvidar la evidencia que muestra que en quienes suelen confiar como primera fuente de apoyo es en sus pares. Se hace un imperativo contar con páginas web de apoyo y de entrega de materiales de ayuda, dar información y guía, contar con un servicio de línea telefónica gratuita para ayuda y referencia, mensajería de texto, etc. Este tipo de estrategias han demostrado ser efectivas en la reducción de los indicadores de riesgo suicida adolescente, y se han constituido en fuentes de información efectivas para darle mayor fortaleza a la comunidad y transformarla en un factor protector.

Ideas como las señaladas son una manera responsable de hacerse cargo de un debate que ya se inició. Es nuestra labor como adultos que cuidamos a nuestros niños, niñas y adolescentes, hacer todo lo posible para que no sigan pensando en el suicidio. Es nuestra responsabilidad.

Miércoles 19 de diciembre de 2012

Category:

Opinión, Prensa

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